Sáb. Jun 15th, 2024

Marino Vinicio Castillo R.

Santo Domingom, RD

Al morir mi padre en Francia tenía dos meses de nacido.  Mi madre al enviudar me llevó con Ula y Aris, mis hermanitos mayores, a vivir en la casa del abuelo sita en El Pozo.

Son muchos los recuerdos que tengo de esa primera etapa de mi vida; es prodigioso verlos llegar en medio de la pandemia, cuando estoy a ocho años del siglo. ¡Cuán frescas y reveladoras son esas reminiscencias!  
Relato algunas que me han parecido influyentes en mi formación, porque me dieron pruebas de la otra dimensión de mi ascendencia, la de los Rodríguez, los del campo, cuyos progenitores canarios habían cumplido el periplo Baní-Estancia Nueva de Moca-Macorís.

Mi madre, Rodríguez Núñez, nació y se casó en ese campo que aún conservamos. 

Mis primeras visiones del mundo las oí del abuelo y los tíos en relatos fascinantes.  

Era primo hermano muy cercano de dos hombres cruciales de nuestra historia: Mon Cáceres y Horacio Vásquez; hijos de tres hermanos y desde muy joven fue compañero de luchas de los primos presidentes.  

Así pude oír hablar de un exilio; se habían ido en grupo a Cuba, luego de la derrota de Horacio en el sitio de San Carlos, en el año 1903; dejaron las armas enterradas en los cacaos antes de salir en goleta por Puerto Plata.

Oí contar la tragedia que ocurriera con la muerte accidental del primogénito, Diego, de nueve años, mientras jugaba en su inocencia con un revólver escarbado por su curiosidad de niño.
Supe del abuelo, desesperado, cuando regresa junto a un valiente compañero, Vicente Estrella, y el bondadoso Gobernador, don Bubú Limardo, que los esperaba en el muelle para devolverlos, bajo la generosa advertencia de que los matarían la gente del gobierno Lilicista. En fin, todo eso oído en mi adolescencia me embelecía. 

Luego, al cumplir quince años, comenzó la leyenda: El abuelo, que muriera en el ´46, el mismo año del terremoto y el comienzo de las noticias de que en el Fundo, ya abandonado hacía algún tiempo, reaparecía el viejo. No fueron pocos los que dijeran haberle visto.  

Había en mi pueblo una señora muy respetable que de algún modo sufría episodios “de trances clarividentes de cosas del misterio”.  Una tía mía, muy cristiana, era su amiga y fue a verla para explicarle el escarceo que se suscitaba con la aparición del viejo.  

Fueron a los lugares y la buena señora le dijo a la tía: “Es posible que aquí lo que falte es la oración por el alma del padre de Diego, que se sintió culpable de su muerte al regresar del exilio. Recen, oren mucho, para que descanse y se aleje.”  

Pareció, para mí, el asunto olvidado, hasta que muchos años después llegara un mozo alegre y trabajador desde la región Sur y, sin conocer a nadie del lugar, muy nervioso, se me acercó para decirme que había tenido una experiencia tremenda, porque al pasar por el camino a su dormitorio vio “la aparición de un hombre de pie.”

Al preguntarle cómo era, me dijo: “Vestido de blanco, un sombrero negro, y muy alto”. No se daba cuenta de que era la descripción del abuelo y yo le dije: “Ese es un puro cuento que le hizo talvez alguien aquí” y reaccionó: “No. Al llegar al dormitorio, noté que me había seguido hasta la puerta y le hice una oración, con mucho miedo.”

Han transcurrido más de veinte años y ahora, al ir a poner una tarja en memoria de mi esposa en el lugar donde ella oraba, el jardín de la Virgen del “Fundo María Dolores Núñez”, le pregunté a Fernando, ya todo un hombre cabeza de familia: “¿Has vuelto a ver al viejo?”  Y éste respondió: “No.  ¿Y usted cree que esa Iglesia, con sus rezos, lo iba a dejar aquí?”  Se refería a la Capilla Jesús El Justo Eterno.

Pensé en la piadosa amiga de mi tía, cuando recomendó oraciones para alejar la leyenda. Además, recordé lo de Diego, el primogénito, y su tragedia, así como la abuela y su tristeza, que la llevara voluntariamente a la muerte.  

En fin, imaginé tantas cosas en ocasión del exilio del abuelo: las armas enterradas, la tisis de la abuela; toda una pesarosa leyenda de la familia.

No sé por qué, pero no he dejado de pensar que el Fundo, como escenario de tal leyenda, fue cuna de la asombrosa unidad de mis mayores, los Rodríguez.  Pienso que tal vez Diego fue su Ángel.

Con la ayuda de Dios, levanté el Templo donde mucho se reza y marqué sus nombres en los bancos de su parque, precisamente donde fui a poner la tarja de mi amada esposa Doña Sogela.
Sin despreciar la leyenda, y reafirmándome como cristiano absoluto, dejo constancia de que esos dramáticos azares, de muchos modos transmitidos por palabras y ejemplos, condicionaron aspectos sensitivos de mi formación espiritual.

El respeto por su memoria es lo que me trae al relato del abuelo, su exilio y su tragedia en su dramático regreso.  

No sé por qué pienso que esas cosas han sido bases y pilares desde mis dos meses de nacido, hasta los ocho que me faltan para el siglo. Tiempo largo para saber de cosas valiosas a retener.
He hablado, por último, otras veces de la reaparición de los lirios de la abuela muerta en el año´07.  Descansen en paz tantas almas buenas.