Mi invitación hoy es a que miremos el deporte más allá de un pasatiempo, que lo veamos como el espejo de nuestra grandeza potencial.

A menudo nos detenemos en el fragor de la competencia, en el conteo de los outs o en la euforia de una victoria, pero pocas veces nos permitimos reflexionar sobre lo que sucede cuando las luces del estadio se apagan. Tras décadas de cercanía con el deporte, he llegado a una convicción profunda: el juego es, en realidad, un ensayo de la sociedad que queremos ser. El deporte no es un fenómeno aislado; es el eje transversal de nuestro desarrollo social y la prueba de que, cuando jugamos unidos, los resultados dejan de ser ráfagas de suerte para convertirse en bienestar sostenible para todos.