La magnitud del desastre ha desbordado la capacidad de respuesta de las autoridades en un país sin tradición de grandes terremotos.

El aire que se respira este viernes en las zonas de desastre del estado costero de La Guaira en Venezuela ya comienza a oler a putrefacción, producto de los cadáveres que aún permanecen sepultados entre los escombros de los edificios colapsados.