Basta una fotografía tomada durante el rodaje, una filtración sin contexto o un nombre colocado junto a otro en una publicación para decidir que una obra es una maravilla, una catástrofe o una amenaza directa contra la civilización occidental.

Hay una nueva costumbre en la conversación cinematográfica que debería preocuparnos bastante más que cualquier decisión de reparto: la necesidad de dictar sentencia antes de conocer la película.